La Escuela de Barcelona de Terapia Familiar nace en los años ochenta, en torno a un centro de terapia familiar ubicado en la Unidad de Psicoterapia del Servicio de Psiquiatría del Hospital de San Pablo, conectado a la Universidad Autónoma de Barcelona. En sus fundadores, Juan Luis Linares y Carmen Campo, confluyen diversas influencias sistémicas, que arrancan de las visitas realizadas a Barcelona por figuras como Minuchin, Sluzki y Colapinto a finales de los setenta o de las estancias de Juan Luis Linares en Palo Alto, Milán y Roma a principios de los ochenta.

Existe, pues, un contexto claramente definido por la clínica psiquiátrica y por la enseñanza universitaria de postgrado en el sector público, y unos contenidos que parten de los fundamentos estructurales y comunicacionalistas de la terapia familiar sistémica. El modelo propio que se ha ido configurando integra estos ingredientes en una sensibilidad social y crítica, que ha facilitado la incorporación de elementos narrativistas enlazando con el espíritu de las grandes reformas psiquiátricas de inicios de los setenta.

La Escuela de Barcelona hace hincapié en la investigación de los más graves trastornos mentales (depresiones, psicosis, trastornos límite, etc.), en la convicción de que la exploración de sus bases relacionales es la manera de asegurar su deconstrucción como mecanismo clasificatorio de la conducta desviada. Desde esta perspectiva, no existe discontinuidad entre manifestaciones clínicas y personalidad, que no es sino la dimensión individual de la experiencia relacional acumulada, en diálogo entre pasado y presente.

La Escuela de Barcelona desarrolla sus actividades formativas inscrita en los más amplios contextos español, europeo y latinoamericano. En España está plenamente acreditada por la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (1.500 miembros individuales y 30 centros de formación), mantiene estrechos vínculos con la Escuela Vasco-Navarra de Terapia Familiar y tiene centros asociados en Málaga, Valencia, Tarragona, Girona y Palma de Mallorca. En Europa es miembro de la Cámara de Centros de Formación de la European Family Therapy Association, sociedad de la cual Juan Luis Linares ha sido presidente hasta fecha muy reciente (2001-04), continuando en la actualidad en su junta directiva. Y en América Latina lidera un proyecto de Red Latinoamericana de Terapia Familiar (RELATE) con centros en México, Argentina, Perú, Colombia, Costa Rica y Chile.

FORMACION EN TERAPIA FAMILIAR SISTEMICA
Juan Luis Linares
La formación en terapia familiar sistémica debe ser contemplada en el más amplio contexto de la formación en psicoterapia y, desde esa perspectiva, definida de acuerdo con sus características y peculiaridades.

Existe un amplio consenso acerca de que la formación en psicoterapia debe ser de postgrado, aunque no existe un acuerdo similar sobre las titulaciones que pueden darle acceso. Frente a las posturas más restrictivas que dominan en algunos modelos, los sistémicos tienden a aceptar que se pueda acceder desde diversas profesiones, y no sólo desde la medicina y la psicología, siempre que un sistema adecuado de módulos formativos permita adquirir los conocimientos básicos (por ejemplo, psicopatología) que, eventualmente, no se incluían en el curriculum de acceso. En el campo de la terapia familiar europea también existe un creciente consenso sobre la duración mínima del proceso formativo: cuatro años, con un número de horas que gira en torno a las trescientas por año.

La piedra angular de un programa de formación en terapia familiar es la práctica terapéutica con familias, por lo que la medida de calidad más obvia vendrá dada por la actividad clínica existente en el centro o institución que le sirva de sede. Sabemos que el uso de espejo unidireccional y la videograbación son instrumentos incorporados a la actividad terapéutica sistémica y, por ende, a la formativa. Son la joya de la corona, la más importante y revolucionaria aportación de la terapia familiar al patrimonio técnico psicoterapéutico, hasta el punto de que resulta inconcebible que siga habiendo modelos que se resistan a utilizarlos. En consecuencia, cualquier programa serio de formación en terapia familiar debe estructurarse sobre un núcleo práctico de actividad clínica con supervisión directa. La observación en grupo de estas sesiones debe empezar el primer año de formación, de forma que los alumnos se familiaricen con ellas y puedan asumir responsabilidades como terapeutas (siempre bajo supervisión directa) a partir del segundo año. Las sesiones de terapia, precedidas de una presesión en que el grupo y el supervisor ayudan al terapeuta (y, eventualmente, al coterapeuta, si se trabaja en coterapia) y seguidas de una postsesión en que se recapitula lo que acaba de suceder y se prepara la ulterior estrategia, son un auténtico lujo, pero un lujo legítimo que responde a una estricta necesidad: garantizar la máxima calidad durante el proceso de aprendizaje. Ya vendrá después la dura realidad a imponer restricciones en los contextos, públicos o privados, en que los alumnos acaben desempeñándose como profesionales.

También debe existir un programa teórico, pero es importante que éste no se disocie de la práctica. Por eso es bueno que el espacio teórico se desarrolle inmediatamente después del clínico, dirigido por el mismo docente que ha actuado como supervisor. Así es fácil recurrir al material relacional que se acaba de trabajar para ilustrar y dar cuerpo a los conceptos teóricos, a medida que se van introduciendo. Por supuesto que un programa se enriquece con los aportes exogámicos de ponentes especialistas en temas concretos, invitados para dictar seminarios, talleres y conferencias. Pero esa actividad debe ser complementaria, y nunca sustitutoria, de la que desarrollen los propios docentes de la escuela, engarzando estrechamente teoría y práctica.

Tras años de negar o relativizar su necesidad, la terapia familiar ha acabado aceptando la importancia de una cierta formación centrada en la persona del terapeuta. Así es como, últimamente, han proliferado los talleres sobre el genograma o la familia de origen del terapeuta. Con ser un progreso importante, creemos que la formación vivencial-experiencial no debe limitarse a ello, sino que debe extenderse durante todo el tiempo de formación, incluyendo el trabajo de las habilidades comunicacionales, el desempeño del trabajo en grupo y el manejo de los diferentes contextos relacionales actuales de cierta relevancia.

También es importante que exista un espacio dedicado al análisis organizacional o institucional, donde el terapeuta en formación aprenda a moverse en las procelosas aguas de lo que serán, o ya están siendo, sus contextos laborales o de intervención. A veces, los alumnos, conscientes de la calidad de la formación que están recibiendo, y orgullosos de ella, pueden descuidar las estrategias relacionales necesarias para aplicarla y optimizarla, y el espacio organizacional debe ayudarles a adquirirlas. Por último, un buen programa de formación en terapia familiar debe disponer de un espacio tutorial que personalice la coordinación de todos los demás, brindando un marco integrador para las dificultades que puedan suponerle al alumno sus propios eventos vitales y las peculiaridades del proceso formativo.

LA TERAPIA FAMILIAR SISTÉMICA EN TRES ARTÍCULOS
Juan Luis Linares - Profesor Titular de Psiquiatría de la Universitat Autònoma de Barcelona Jefe de la Unidad de Psicoterapia y Director de la Escuela deTerapia Familiar del Hospital de la Santa Creu i Sant Pau

La publicación de los primeros enunciados de la teoría del Doble Vínculo por BATESON y cols. (1956) fue acogida con expectación e interés por la comunidad científica internacional. Desde un lugar muy señalado, el Palo Alto ubicado en el futuro Silicon Valley, donde una efervescencia de ideas y de proyectos estaba inventando el chip y desarrollando la industria de la información, una teoría de clara estirpe comunicacionalista se erigía en referencia novedosa frente al enigma de la esquizofrenia. Según esta teoría, la psicosis esquizofrénica y sus síntomas disociativos, delirantes y alucinatorios responderían a la imposibilidad de discriminar los tipos lógicos en personas sometidas a una comunicación "doblevincular". Ésta consiste en mensajes contradictorios (paradójicos) a niveles lógicos distintos, enmarcados en una relación de dependencia de la que no está permitido escapar. La imposibilidad de procesar esta comunicación propiciaría su elaboración psicótica.

Pronto quedó claro que no se trataba de una simple propuesta etiológica entre tantas para la más grave de las psicosis, sino que lo que estaba naciendo era un nuevo modelo psicoterapéutico de decidida vocación clínica; un nuevo paradigma, empezarían a decir algunos. En efecto, el marco teórico comenzó a ampliarse con aportes decisivos, entre los que hay que mencionar los procedentes de la Teoría General de Sistemas de VON BERTALANFFY y de la Cibernética de WIENER, evidenciándose una nueva epistemología asentada sobre la dimensión relacional y la circularidad, en contraste con la causalidad lineal y la visión intrapsíquica. Desde la costa Este de Estados Unidos llegó otra aportación que, a la vocación clínica, añadió una perspectiva social coherente con la problemática que le servía de inspiración: la delincuencia, las adicciones y, en general, la desestructuración que sufrían tantas familias en los ghettos de marginación de ciudades como Nueva York o Filadelfia. MINUCHIN construyó su terapia familiar estructural como instrumento de intervención en familias que, en contraste con las de los esquizofrénicos, no llamaban la atención por sus peculiaridades comunicacionales, sino por sus singularidades en la organización y en la estructura: tendencia al caos jerárquico, disolución de las fronteras con el entorno o confusión entre los subsistemas.

Del encuentro entre las escuelas comunicacionalista (también llamada pronto estratégica) y estructural surgieron el modelo sistémico y su emblemática aplicación clínica, la terapia familiar sistémica, que han conocido una implantación y un desarrollo muy importantes en las últimas décadas.

Durante los años setenta y ochenta, la escuela de Milán, en torno a la figura de Mara SELVINI, se convierte en el principal centro productor de nuevas ideas sistémicas, desarrollando sucesivamente, de forma muy creativa, las más importantes propuestas comunicacionalistas (el uso de contraparadojas terapéuticas, capaces de neutralizar la potencialidad patógena del doble vínculo) y estructurales (diseño de complejas prescripciones comportamentales dirigidas a promover cambios radicales en la organización familiar)

El artículo de SELVINI y cols. (1980) "Hipotetización, circularidad y neutralidad: tres directrices para la conducción de la sesión" fue el último trabajo conjunto del primitivo "Milan Team" y, de alguna forma, condujo a su división en dos: SELVINI y PRATA por una parte y BOSCOLO y CECCHIN por otra. Una división que no dejaría de ser fecunda, puesto que cada uno de los dos equipos resultantes habría de realizar aún algunas de sus más brillantes aportaciones. En el artículo citado están presentes algunos de los temas que marcarán la bifurcación, particularmente el tratamiento de la hipótesis como guía para explorar la realidad de la familia, pero también como expresión de la legítima subjetividad del terapeuta.

Durante los años siguientes, SELVINI y sus nuevos colaboradores se decantarán por la búsqueda de una realidad familiar que permita comprender los juegos relacionales subyacentes a graves patologías psicóticas y alimentarias, mentras que BOSCOLO y CECCHIN expandirán los límites de la subjetividad terapéutica, convergiendo con autores como VON FOERSTER, MATURANA, KEENEY y muchos otros, en la formulación de una nueva orientación de la terapia familiar sistémica: el constructivismo.

Un artículo de este último autor (KEENEY y SPRENKLE, 1982) levantó una polémica cuyo reflejo en Family Process (la revista decana de la terapia familiar) a lo largo de 1982 equivaldría a una radiografía del campo sistémico durante la década de los ochenta. De una parte los pragmáticos, interesados en la terapia en tanto que conjunto de técnicas eficaces. De otra parte los estetas, reivindicadores de la terapia como arte y preocupados por no manipular a sus clientes imponiéndoles sus propios puntos de vista. La visión de estos últimos es la del constructivismo, cuya irrupción en la terapia familiar inaugura la era postmoderna en el modelo sistémico.

Como evolución natural del constructivismo, y siempre en la línea de la postmodernidad, durante los años noventa se ha abierto paso el socio-construccionismo, que mantiene la bandera de la subjetividad del terapeuta frente a una objetividad imposible. La realidad es una construcción social y los síntomas tienen sentido en un determinado contexto narrativo, perdiéndolo si desaparece la narración que los sustentaba. Por eso la terapia es una conversación co-creadora de nuevas narrativas, que son, en definitiva, nuevas realidades. Durante sus cuarenta años de vida la terapia familiar sistémica no ha cesado de evolucionar, pero, probablemente, aquello que mejor la define a lo largo de las diferentes etapas es el diálogo constructivo entre pragmática y estética, que pone al servicio de las familias y de sus miembros una sutil combinación de arte y técnica.

Bateson, Gregory; Jackson, Don D.; Haley, Jay; Weakland, John (1956), "Toward a Theory of Schizophrenia", en Behavioral Science, vol. 1, 4, págs. 251-264 (Trad. esp.: "Hacia una teoría de la esquizofrenia", en Pasos para una ecología de la mente. Buenos Aires,Ed. Carlos Lohlé, 1976)

A partir de la teoría de los Tipos Lógicos de RUSSELL, así como del análisis de las comunicaciones de pacientes esquizofrénicos y de sus familias, se describe una situación llamada el "doble vínculo", en la cual una persona, haga lo que haga, "no puede ganar". Se discute cómo y por qué puede surgir el doble vínculo en una familia y cómo se relaciona con el desarrollo de los síntomas esquizofrénicos, acompañándose de ilustraciones tomadas de material clínico y experimental.

Selvini-Palazzoli, Mara; Boscolo, Luigi; Cecchin, Gianfranco; Prata, Giuliana (1980), "Hypothesizing, Circularity, Neutrality: Three Guidelines for the Conduction of the Session", en Family Process, vol. 19, 1, págs. 1-7 (Trad. esp.: "Elaboración de hipótesis, circularidad, neutralidad: tres directrices para la coordinación de la sesión", en Matteo Selvini (comp.) Crónica de una investigación. La evolución de la terapia familiar en la obra de Mara Selvini Palazzoli, Barcelona, Ed. Paidós, 1990)

El artículo presenta los resultados de una investigación centrada en los principios y métodos de mayor interés en la entrevista familiar. Se comunican definiciones conceptuales, descripciones y ejemplos prácticos de la hipotetización, circularidad y neutralidad y de sus aplicaciones. Todo ello al servicio de que el terapeuta estimule a la familia a producir la información necesaria para su actividad.

Keeney, Bradford P. ; Sprenkle, Douglas, H. (1982) "Ecosystemic Epistemology: Critical Implications for the Aesthetics and Pragmatics of Family Therapy", en Family Process, vol. 21, 1, págs. 1-19.

Se propone que la terapia familiar responda tanto a consideraciones estéticas como pragmáticas. La epistemología ecosistémica, un entramado de ideas basadas en la cibernética, la ecología y la teoría de los sistemas, sería el marco en que se integrarían estas diversas perspectivas. Se apuntan algunas sugerencias claves, a menudo ignoradas por el predominio de la visión pragmática: a) la función del lenguaje en la relación entre epistemología y práctica clínica; b) la existencia de ecologías familiares sanas y patológicas; c) la presencia del arte y de la técnica en la terapia; d) el tema de la manipulación.

 

 
 
 
 
 
 
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